viernes, 27 de junio de 2008

Justificación

Elegimos el tema por la curiosidad de conocer y dar a conocer la vida que llevan a cabo estos personajes ya que nos involucra directa o indirectamente y es el futuro de nuestro país.

Es un problema que se viene dando hace muchos años, durantes diferentes gobiernos y todavía no se a encontrado la forma de controlarlo, que otros países ya la encontraron. Por esto es considerado un fenómeno mundial.

Su época de auge fue considerada el 2001-2003 que fue de la mano de una fuerte crisis económica con la presidencia de Fernando De La Rua.

Este problema (considerado problema, cuando en realidad es un trabajo del cual se puede vivir tranquilamente) de los cartoneros esta creciendo en nuestro país. Para solucionarlo se están llevando a cabo proyectos para dividir la basura, crear espacios en los que puedan trabajar con tranquilidad, sin molestar a la gente, ni al transito y sin que ellos mismos tampoco sean molestados por los demás también fue creado un tren, conocido como el Tren Blanco que es para que puedan viajar con los carros.

Más allá de todo tenemos que recoser que esto es una realidad social que compartimos día a día, y es notable su crecimiento.

viernes, 13 de junio de 2008

crisis economica 2001-2002

domingo 30 de marzo de 2008

En torno a la crisis argentina de 2001-2002
El planteo de Bonnet respecto a las causas que precipitaron la crisis argentina de 2001-2002, es el de que por un lado, los capitalistas argentinos (y extranjeros que actúan en el país) fueron incapaces de aplicar la “racionalización de la organización de la producción” requerida para sostener un aumento constante en la productividad del trabajo y un nivel de competitividad, acordes al tipo de cambio impuesto por la convertibilidad en la década del noventa. Por otro lado, Bonnet enfatiza lo que considera otra de las causas de la caída de la convertibilidad y el consecuente estallido de la crisis: la resistencia de los trabajadores a la explotación. Esta, en la exposición del autor, atraviesa distintas etapas en las cuales los sujetos sociales y las demandas planteadas fueron variando hasta la conformación de una “nueva fuerza social”. Tal proceso no parecería ser mas que la expresión política de la crisis o de un despertar creciente de la resistencia social ante la “hegemonía menemista”. En este razonamiento, la potencialidad de la acción política de la clase obrera y las perspectivas adoptadas por la acumulación de capital en Argentina para desembocar en una crisis, aparecen vaciadas de contenido y determinación. Las formas políticas surgidas serían un resultado de la “resistencia” o de la “lucha” sin mas necesidad para su razón de ser que la acción colectiva de la clase obrera en sí y por sí misma. En otras palabras el autor no parece concebir las formas políticas como una necesidad del propio proceso de acumulación de capital para regenerarse en otras condiciones concretas. No puede verse en este análisis, especificidad o particularidad alguna en relación al proceso de acumulación de capital en Argentina y a la crisis generada en 2001-2002. Toda explicación del autor parte de la lucha de clases o de la “resistencia” como contenido de las formas de acción política e inclusive, en última instancia, parecería que hasta de la misma crisis.El análisis hecho por Damill, Frenkel y Juvenal se alza como una crítica a lo que llaman visión “fiscalista” de la crisis. De acuerdo a los autores la crisis no puede ser entendida (como hace el FMI y buena parte de la academia) desde el punto de vista del papel jugado por la política fiscal. No obstante, en el enfoque de los autores la crisis respondería a un aspecto institucional: la implementación de una política económica en particular que demostró (según lo ocurrido en otros países de Latinoamérica) estar condenada al fracaso es decir, derivar en una crisis. Dicha política económica fue aplicada en Argentina durante la década del noventa y supuso una serie de medidas (tales como la fijación del tipo de cambio, la apertura comercial y financiera, etc.) que desembocaron en una “fragilidad externa” de la economía ante los flujos internacionales de capital y las crisis de otros países. Así, el momento en que estos afluyeron al ámbito nacional marcó el contexto internacional que hizo viable la implementación del régimen de caja de conversión. Sin embargo, cuando esta situación se revierte (ante el cambio en los flujos de capital y la crisis mexicana) la convertibilidad tambalea y la economía argentina amenaza con entrar en crisis (panorama que se presenta en 1995) ante la escasez de divisas necesarias para el sostenimiento de la paridad cambiaria. Pese a esto, la ayuda clave del FMI permite salvar la convertibilidad y patear el advenimiento de la crisis hacia delante. Con la crisis asiática de 1997, rusa y brasilera de 1998 la economía entra en un proceso de contracción que no sólo no va a revertirse, sino que va a derivar en la crisis de 2001-2002. La explicación de las causas de la crisis queda así reducida a una política económica incorrecta o inadecuada que, al desproteger la economía de los cambios económicos internacionales, la precipitó mas temprano que tarde en la crisis. En palabras de los propios autores: “la principal causa no fue una política fiscal dispendiosa, sino el efecto combinado de la fragilidad externa y el contagio de las crisis de Asia, Rusia y Brasil” . En esta visión no se considera (o se lo hace de manera muy superficial) las formas políticas adoptadas por la acumulación de capital en la convertibilidad en general y, menos aún, a medida que mas próxima estuvo la crisis. Por otra parte, toda potencialidad presentada por el proceso de acumulación de capital en Argentina parecería quedar reducida al paquete de medidas contempladas en una determinada política económica.Para Iñigo Carrera las causas de la crisis de 2001-2002 deben buscarse en lo ocurrido con la acumulación de capital en Argentina en los 25 años previos a que la misma se desate. Lo que acontece en este período, en el planteo del autor, es el sostenimiento de la valorización de los capitales industriales que producen para el mercado interno, a partir de la apropiación de renta diferencial de la tierra y de la venta de la fuerza de trabajo por debajo de su valor esto es, la caída persistente y sostenida del salario real. En la década del noventa en particular, la acumulación de capital presentó la particularidad de utilizar la sobrevaluación cambiaria como vía de transferencia de renta hacia los capitales industriales que actuaban para el mercado interno. Una vez realizada su valorización estos capitales giraban sus utilidades (multiplicadas por la mediación cambiaria) provocando un constante y creciente drenaje de divisas. El principal modo en que, para el autor, el estado nacional pudo sostener la paridad cambiaria fue, además de la ya mencionada apropiación de renta, el endeudamiento público externo. Iñigo Carrera afirma que a partir de la década del sesenta hubo un ingreso neto de divisas en concepto de deuda externa, que se hace significativo en la década del noventa para el sostenimiento del tipo de cambio en particular y, en general, de la modalidad del proceso de acumulación de capital. Al producirse una crisis en 2001 a nivel mundial, del denominado “capital ficticio”, el flujo de riqueza social detiene su marcha y la convertibilidad se hace cada vez mas insolvente. En términos del propio autor: “la crisis mundial y la crisis nacional, agudizada como expresión específica de la primera, tornaron insostenible la expansión efectiva de la deuda para reponer las reservas de divisas drenadas por el sector privado .”Desde el punto de vista de Iñigo Carrera, esta crisis económica requirió, para poder manifestarse como tal en toda su magnitud y dimensión, de las formas de acción política que emergieron. De este modo, los saqueos primero y la llamada “crisis de representación” (expresada en la consigna: “que se vayan todos”) después, fueron las formas de acción políticas necesarias para que el proceso de acumulación de capital para despojarse de una forma política (gobierno de la Alianza) y adoptar otra (Partido Justicialista). En el razonamiento del autor, esta última expresión política era la única con la capacidad (dadas sus bases sociales de representación) de dar curso a la aguda contracción productiva y a sus nefastas consecuencias para la clase obrera argentina: caída pronunciada del salario real y multiplicación veloz e importante de la población sobrante para el capital. En este planteo, todo cambio del que parecía portadora la acción concluyente de “cacerolazo” y el “piquete” (vista por Bonnet como la “nueva fuerza social”) no encerró más necesidad y potencialidad que el de la reproducción de la acumulación de capital sobre una nueva base.La conclusión a la que se puede arribar, a la luz de los planteos expuestos, es que todo análisis de la crisis del 2001-2002 en particular y de cualquier otra crisis en general, que no se proponga avanzar en el conocimiento integral de las relaciones sociales de producción (vistas estas como la forma histórica en que se realiza un proceso natural de producción y reproducción de la vida humana) está condenado a dos posibilidades que niegan, cada uno de distinto modo, el conocimiento científico: la primera es caer en inversiones idealistas o ideológicas es decir, convertir la necesidad de una crisis y de una acción política en general en algo que brota del aire o de la conciencia sola y en sí misma sin determinación material alguna de la cual sea expresión concreta. Por otra parte, dar cuenta de las determinaciones de las crisis sin entender que estas son parte normal y necesaria del funcionamiento del modo de producción capitalista, es tener una mirada ideológica por negar este rasgo inherente a las sociedades regidas, en su proceso de vida humana, por la valorización del valor como relación social general.La otra posibilidad, es la de detenerse en el puro contenido económico de las formas sociales y reducirlo a un abstracto problema de “funcionamiento de las variables macroeconómicas” o del problema de cómo se implementa una determinada política económica para traducirse en una crisis. Tal mirada induce a caer en la apariencia de que por un lado están las relaciones económicas y por otro las sociales, naturalizando o fetichizando así a las primeras.
http://conciencialienada.blogspot.com/2008/03/en-torno-la-crisis-argentina-de-2001.html

Beatriz Sarlo


La mugre en el ojo ajeno por Beatriz Sarlo

En general, las ciudades que no están sucias son también las ciudades donde hay menos gente pobre que se gana la vida con lo que encuentra por la calle. Esto es una regla. Los pobres siempre están en los lugares más sucios: en las villas miseria donde no hay cloacas ni agua corriente, debajo de las autopistas, en casillas con paredes de cartón que más que protectoras son simbólicas, revolviendo la basura para ver si encuentran comida, o cartoneando. En consecuencia, como en Buenos Aires los vecinos no clasifican sus desechos y no hubo gobierno decidido a obligarlos, las veredas quedan como si hubiera pasado un batallón de zapadores. Muchos pobres duermen en los zaguanes y no se esmeran para convertirlos en un espacio de design, sino en un amontonamiento de objetos rotos que sólo tienen utilidad para ellos.

Cuando revuelven la basura, tiran todo lo que no les sirve a la vereda porque la ciudad es un reservorio de restos y no la urbe reluciente de las fantasías (razonables) de los otros vecinos. Nunca vi a nadie revolviendo la basura en Berlín y tampoco hay basura en sus veredas. Por otra parte, el escándalo que produce alguien tirando una lata de cerveza por la ventanilla de un tren en marcha, obliga a fijar la vista en esos trenes, los del Sarmiento por ejemplo, que son carcasas de material percudido y vidrios rotos donde es difícil que nadie se sienta tentado a practicar las reglas que la urbanidad establece para deshacerse de la lata que se ha terminado de beber mientras se sostiene, con el cuerpo, las puertas abiertas de un vagón repleto donde falta el aire, pese a que también faltan selectas ventanillas y los asientos están tajeados porque, en un círculo que nadie interrumpe, es difícil que alguien cuide un vagón calamitoso. La ciudad es, entre otras cosas, un artefacto pedagógico.

Si lo que muchos aprenden para sobrevivir en ella son las habilidades del cirujeo, no parece probable que éstas se practiquen acompañadas por un cuidado meticuloso por la limpieza de los espacios comunes, como si los que cirujean en Buenos Aires fueran pobres vocacionales que han elegido comer de la basura o cartonear para pasar más tiempo al aire libre. Si los argentinos nos hemos acostumbrado a vivir con tantos pobres, deberíamos acostumbrarnos a pensar que, así como los ricos construyen piletas en sus countries y las capas medias pagan las expensas de los departamentos, los pobres no tienen nada que construir ni ningún recurso que ahorrar; ningún entorno urbano les parece más importante que aquel donde pueden recoger la mayor cantidad de materia para su supervivencia. Si dan asco las veredas cubiertas de basura producida por el "reciclaje" cartonero tendríamos que pensar que a los cartoneros tampoco les fascina, como única salida laboral (un destino final más que una "salida") revolver la basura que producimos, ni mandar a sus chicos a pedir ropa vieja mientras ellos destrozan las bolsas de los consorcios.

Por supuesto, faltan procesadoras de esos residuos, plantas de acopiamiento, etc., etc. Pero lo que falta, en primer lugar, son condiciones sociales que no impulsen a la gente a vivir al lado de la vía para estar más cerca de la basura que debe transportar, sin que se la roben otros pobres. Si miles de personas viven de la basura e instruyen a sus hijos para que puedan seguir con ese oficio de subsistencia, no es sensato fantasear que la ciudad donde se desarrollan sus vidas sea impoluta. ¿Alguien vio alguna vez una villa miseria impoluta, decorada como un jardín para excluidos? Un papel de chocolate tirado al suelo por un adolescente a la salida de un colegio secundario es una marca de suciedad mucho más intolerable que las bolsas de basura destrozadas sobre las veredas nocturnas. No hay razones para que ese papel esté en el suelo.

Todo indica, en cambio, que las veredas nocturnas donde han trabajado las familias de cartoneros quedarán inevitablemente cubiertas de desechos. Nadie les paga a los cartoneros para que barran la vereda que ensucian, nadie puede exigir de ellos una disciplina urbana que está en contradicción con los lugares horribles donde comen y duermen y crían a sus hijos, y se enferman. A veces veo a una chica que avanza, por el carril de los colectivos, como una audaz o una suicida, arrastrando esos artefactos cúbicos construidos con arpillera sintética y seis caños.

La chica lleva una pollera hasta debajo de las rodillas y una remera arriba de la cintura; tiene el cuerpo de una gimnasta y va descalza, elegante, con la espalda arqueada hacia atrás por el esfuerzo. Trabaja como bestia de carga, lo que se llama "tracción a sangre". Algunos cartoneros que se reúnen en la barrera, han ocupado una parte de la vereda con colchones viejos; otros duermen junto a su atado. Frente a ellos, hay algo de inmoral en el lamento sobre la limpieza de la ciudad. Algunos cartonean desde hace diez años, otros desde el comienzo de este siglo. Son prueba de una escena social a la que no ha llegado todavía el derrame de la nueva abundancia, excepto en la cantidad de basura que esa abundancia ofrece siempre a sus miserables.





Niños trabajando, por Beatriz Sarlo

Un chico de diez años se concentra en sus tareas de cartonero. Su desgarradora actitud, la de un adulto en miniatura, remite a imágenes de hace más de un siglo...



Por Beatriz Sarlo.
bsarlo@viva.clarin.com.ar







El chico estaba parado en la vereda, junto a una pila de cartones y miró fijo a quien, saliendo de la casa, pensó que le pedía una limosna. Recibió cinco pesos, suma ínfima aunque suficiente para dos panchos, una bebida y un alfajor. El chico no se movió; aparentemente sin darle importancia, guardó el billete en el bolsillo, y con una voz castigada pero segura preguntó:
“¿Tenés cartones?” La limosna recibida no había roto la concentración en su trabajo. Tendría alrededor de diez años y muchos problemas, pero no el de una atención fluctuante. No había cerca ningún familiar que lo controlara. El chico estaba autocontrolado, como un obrero que sabe que debe responder a un ritmo y a una tasa de producción incluso cuando el capataz no está cerca, porque su trabajo es juzgado según el
promedio de producto final exigible. En este caso, el producto final de su actividad es el primero del circuito de reciclado: cartones. Buenos Aires no recicla basura, como lo hacen las ciudades que piensan en el futuro, pero les entrega a los cartoneros la gestión nocturna de los papeles y este chico ocupaba su lugar sin distracciones.
A diferencia de los chicos que están completamente fuera del mundo, tirados en los andenes o en los umbrales o en los halls de las estaciones, semidormidos, semidrogados, apabullados por el hambre o por un entorpecimiento general del cuerpo que ya ha recibido más castigo del soportable; a diferencia de los chicos que corren por los vagones de los trenes y mantienen conversaciones con los guardas que los conocen; a diferencia de esos chicos que no participan en el circuito del subtrabajo, el pibe que recibió los cinco pesos estaba absorbido por la tarea. Admitía, como cualquier trabajador, que no era momento para festejar la recepción de esos cinco pesos inesperados; tampoco podía dejar el paquete de cartones y caminar hasta un negocio de panchos o de empanadas, como si fuera dueño de su tiempo y pudiera entregarse a la realización de sus deseos inmediatos. Es difícil saber de qué modo los cinco pesos extra se sumarían a lo recaudado esa noche por la venta de cartones: si pasarían a formar parte de un dinero privado del chico, o si ingresarían a la recaudación familiar o grupal.
Lo que estaba claro es que el chico siguió con lo suyo, defraudado porque alguien que parecía bien dispuesto, como la persona que le dio el billete, no tenía un suplemento de cartones que, en ese momento, eran más interesantes o le hubieran ayudado a alcanzar una cuota inesperada en su acopio de desechos reciclables. La inmediatez con que un chico de diez años realiza sus deseos cuando no es cartonero, el carácter imperativo con que los manifiesta cuando pertenece a una familia que no recoge basura para venderla al peso, son rasgos de un estilo que este chico desconocía o, por lo menos, se mostraba decidido a posponer como si fuera una miniatura de adulto, alguien que había madurado por la presión de la necesidad. ¿Cómo piensa un chico de diez años cuando trabaja?
Esa pregunta no era extravagante hace más de un siglo: fotografías conmovedoras muestran chicas hilanderas que accionan telares con bobinas más largas que sus cuerpos, y vagones cargados de chicos tiznados de carbón, a la salida de las minas, con cascos desmesurados para su estatura, cascos casi más anchos que sus hombros: figuras pequeñas horriblemente disfrazadas de obreros, mutantes achaparrados y enclenques, ojos ensombrecidos por la tuberculosis, sonrisas absortas y desvaídas, delantales harapientos y gorras estropeadas. Son impresionantes esas fotos. Hoy encontramos réplicas como esas en la puerta de un edificio de departamentos en cualquier barrio de la ciudad.
Pero volviendo al chico que recibió el billete. Fue muy evidente la ausencia de agradecimiento. Ni siquiera ese mecánico agradecimiento inarticulado que pronuncian los repartidores de estampitas o calcomanías. Nada, ni un palabra, como si el billete fuera un objeto extemporáneo, algo inesperado que no figuraba dentro del elenco de transacciones posibles porque estaba en horario de trabajo.

busqe busqe!

Regulación del trabajo de los cartoneros

La Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires acaba de aprobar una disposición legal por la cual se acepta y regula la actividad de los cartoneros y se abre la puerta para redefinir el sistema de recolección de residuos. La nueva legislación deroga una ordenanza de 1977 que prohibía el cirujeo y se crea un registro único permanente de recuperadores de materiales reciclables. Una vez que el sistema esté en funciones, los cartoneros deberán llevar durante sus tareas una credencial que los acreditará como tales.

De este modo se procura evitar la acción de las mafias que, en la actualidad, se distribuyen las zonas de recolección, contratan su propio personal e imponen su ley a los cartoneros independientes. Por el mismo medio, se faculta al Ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires a revisar las condiciones de los contratos de recolección con el fin de compatibilizarlos con la incorporación de los cartoneros al sistema formal de recolección de residuos. De esta forma se concreta un sinceramiento con la realidad cotidiana que, es de esperar, contribuya a paliar necesidades apremiante y a mantener la higiene pública.
Paralelamente, el Gobierno de la Ciudad impulsa una campaña, por la cual "promotores ambientales" recorrerán diversos barrios para concientizar a los vecinos sobre la importancia de colaborar con los cartoneros en la separación de la basura y mejorar la higiene urbana.
La ley que se comenta viene a reconocer una realidad creada por la desocupación y el empobrecimiento y constituye una iniciativa saludable frente a otras actitudes represivas y penalizadoras de la pobreza. Porque una de las funciones del Estado es atender a las necesidades apremiantes de la población así como regular los emprendimientos laborales y proteger a quienes los llevan a cabo.
Fuente: Clarín
Diciembre 13, 2002



PABLO SCHAMBER, ANTROPOLOGO
“No se presta atención a los cartoneros como engranaje de un sistema económico”
Investigador de la Universidad de Lanús, Schamber relata a Página/12 cómo se consolidó una actividad que es pieza clave de la industria del reciclado.


“La idea de los candidatos a jefe de Gobierno de emplear a los cartoneros en centros verdes no cierra en los números: se puede dar trabajo a unos cientos de los miles que hay en la calle. ¿Y los otros?”, se pregunta el antropólogo Pablo Schamber, que desde hace seis años investiga este fenómeno urbano que creció al calor del desempleo y la crisis de 2001. En cambio, el investigador propone que los recuperadores presten un servicio de recolección diferenciada, “como un engranaje de un sistema económico” en el que ciertos materiales pueden reutilizarse como materia prima. Junto con su colega Francisco Suárez, Schamber es autor y compilador de una serie de artículos reunidos en el libro Recicloscopio: Miradas sobre recuperadores urbanos de residuos, que editaron las universidades de Lanús y General Sarmiento y se presentó ayer en el centro verde del Bajo Flores.
–Después de casi una década de trabajo en las calles, ¿se puede decir que la actividad de los cartoneros se ha consolidado?
–La actividad no sólo fue recibiendo más voluntades a nivel de la recolección sino que también se fueron abriendo más depósitos, que son los lugares donde los cartoneros vende los materiales. La actividad en sí misma, la industria del reciclaje informal, en algún punto se formalizó y se blanqueó. Hicimos un relevamiento desde la ciudad en relación con antecedentes y registros de depósitos, aunque mayoritariamente se vende en el Gran Buenos Aires, y vimos que muchos de esos depósitos se fueron abriendo en este período. Eso contribuyó a consolidar la actividad. También se consolida porque los que continúan trabajando en la recolección informal van realizando la tarea con menos esfuerzo: en función de su recorrido van conociendo a los vecinos, a los encargados de edificios o dueños de comercios que van separando los materiales. Van haciendo clientes. Y el día que les sale un trabajo, para no perder a ese cliente, manda algún familiar para que lo reemplace.
–¿Lo que empezó como una changa pasó a ser un trabajo permanente?
–Empezó siendo como la última alternativa ante la intemperie del desempleo. Ahora puede ser tanto una actividad principal para una familia o un complemento. Y está mucho menos estigmatizada socialmente que hace unos años, aunque no represente una posibilidad de mejora económica. También hay casos de muchos chicos jóvenes para los cuales cartonear es su primera actividad generadora de ingresos. Eso no necesariamente está ligado a la manutención del grupo familiar, sino que representa una entrada para poder comprar sus zapatillas o teñirse el pelo.
–¿Cuál ha sido el resultado de las políticas públicas que se aplicaron hasta ahora respecto de los cartoneros?
–Si quisiéramos establecer una línea de continuidad, ha sido un híbrido que no termina de definir si está a favor o en contra, porque quienes están a cargo de su planificación están muy atentos al humor social. Si hay cartas de lectores en los diarios que dan cuenta de quejas porque ensucian las veredas, entorpecen el tránsito u ocupan el espacio público, creen que lo mejor que se puede hacer es limpiar la ciudad, una actitud más bien represiva. Cuando se percibió el tema en los primeros años, en la época de las asambleas barriales, hubo una actitud más solidaria, se implementó la bolsa verde, una política más amiga de reconocer el rol de los cartoneros como un engranaje de un sistema económico, algo a lo que no se le ha prestado la debida atención, y además un beneficio ambiental.
–¿Por qué dice que no se ha prestado atención al cartonero como parte de un sistema económico?
–Como toda actividad informal, esto tiene un circuito económico. Los materiales que se recolectan en la vía pública siguen un circuito que recorre varios eslabones hasta que se consumen como materia prima para la fabricación de un nuevo producto. Entonces, hay una articulación entre esa industria y aquel que los recogió. Hay una relación que no es formal, que no está reconocida, que no es de empleador a empleado entre los diferentes eslabones del circuito. En este sentido, creo que el área que debe atender a los recolectores informales no debería ser exclusivamente la oficina que se encarga del contrato con las empresas recolectoras en un municipio, sino el área que se ocupa de las asuntos de producción. Porque acá se está trabajando con insumos industriales. Por supuesto, como también hay cartoneros que viven en plazas o debajo de la autopista y que desarrollan su actividad en un contexto de enorme marginalidad, el área que debería atenderlos es el de la asistencia pública. Pero hay que resaltar que hay actores que participan de un circuito productivo.
–Cuando el Estado advierta esto, lo primero que va a hacer es tratar de recaudar impuestos...
–En general, las políticas que intentan blanquear la actividad se presentan como de combate, como una guerra a lo que está en negro. En realidad, no hay una apreciación exacta de que esta actividad existe de esta manera no exclusivamente para no pagar impuestos. Hay depósitos que están deseosos de estar inscriptos y en regla. Pero no encuentran que la ciudad donde están radicados tenga legislación capaz de reconocerlo, o encuentran que la actividad que realizan está prohibida. Las políticas hacia el sector deberían generar facilidades para el blanqueo en vez de establecer posiciones de combate, que siembre han fracasado.
–El registro de recuperadores que se instrumentó en la ciudad solo ha logrado blanquear a una parte minoritaria de los cartoneros.
–Sí. También incluye a gente que ya ha dejado de ser cartonera y sigue estando en el registro. Porque ese registro es acumulativo: hay gente que trabaja en la actividad de manera muy coyuntural, cuando afloja otro tipo de trabajo.
–¿Las organizaciones de cartoneros podrían llegar a reemplazar a los intermediarios del negocio del reciclado?
–Las políticas que se han acercado a generar beneficios para los cartoneros han promovido que éstos sean los gestores de nuevos depósitos de clasificación, llamados centros verdes o plantas de clasificación. Esa actividad, la que haría un centro verde, es la que realizan hoy los depósitos. Me pregunto si en vez de crear un nuevo depósito, por qué no generar una política donde los que ya existen y tienen un conocimiento de la actividad, por qué no se hace un intento por integrarlos, antes que combatirlos. Hoy se revirtió la idea que existía sobre los cartoneros, que eran vistos como ladrones de basura, y hay una idea de que la mafia está en la intermediación. Seguro que no es gente fácil de tratar. Pero creo que es inútil combatirlos y sé que hay muchos actores de está intermediación que están deseosos de blanquear su situación. Muchos que se blanquearon hoy ya no se reconocen como depósitos sino como prestadores de servicios para la industria, han conseguido ser una empresa reconocida.
–También hay muchos que mandan camiones repletos de gente que es explotada.
–Bueno, algunos cartoneros trabajan por un jornal, pero los que son cuentapropistas son la mayoría.
–La idea de los candidatos a jefe de Gobierno porteño es sacar a los cartoneros de la calle dándoles un lugar en los futuros centros verdes. ¿Cuál sería el ideal para resolver el tema?
–Los candidatos pueden marcar diferencias en muchos puntos, pero en este tema han tenido una coincidencia absoluta. Todos han dicho que su propuesta es volverlos empleados, operarios de plantas de clasificación y acopio de residuos reciclables. Esa puede ser una alternativa laboral para muchos recolectores en una ciudad pequeña, pero no para Buenos Aires, Rosario o Mar del Plata, donde tener a los cartoneros en centros verdes como una cuestión de reconversión laboral no cierra en los números. Puede dar trabajo a unos cientos de los miles que hay en la calle. ¿Y los otros? Acá no se ha explorado cuál es la tarea que los cartoneros realizan, para llevar propuesta de mejoras para su actividad. Los cartoneros identifican trastos útiles entre los desechos, los recolectan, les hacen una primera clasificación y los venden. Hacen una recolección diferenciada. Esa es la actividad que aún no se realiza en términos formales, de una actividad empresarial, como una reconversión laboral asistida. Hay un nicho inexplorado que es el retiro de materiales reciclables. Hay infinidad de comercios pequeños medianos que no clasifican los materiales que desechan, casas de familia que tampoco lo hacen. Hay que organizar pequeños emprendimientos dedicados a prestar un servicio de retiro, con algún tipo de asistencia para su desenvolvimiento inicial a través del Estado u ONG. Eso puede recibir muchas más voluntades que el trabajo como operario de un centro verde.
–Puede pasar que un día la gente separe residuos en origen y los pase a recoger una empresa. Entonces, ya no habría trabajo para los cartoneros.
–Pero, ¿por qué tendría que ser una empresa y no los cartoneros? No sé si en los costos cierra, pero me parece una política pública auspiciosa.
–¿El cartonero prefiere ser cuentapropista a ser un empleado?
–Esa es otra discusión. Porque se pueden generar iniciativas de empresas que son colectivas. No creo que haya que apoyar esta actividad sólo en la medid en, que la industria demanda este tipo de insumos. El reciclaje tiene una razón económica para su existencia, pero además debe tener una razón de Estado, por la preservación del medio ambiente, evitando el enterramiento de materiales utilizables, y por el desempleo.
–¿La lógica de una actividad que empieza siendo individual no conspira contra la idea de desarrollar cooperativas?
–La organización de cooperativas es algo que se trata de imponer con un criterio de racionalidad que desconoce la verdadera situación de esta actividad. El problema, además, es que muchos de los que la promueven como una panacea nunca han participado de una cooperativa. Es una organización muy compleja, donde se superponen muchos intereses, y muchas veces los recuperadores se preguntan: si tengo mis clientes y tengo mi ingreso asegurado, ¿por qué lo tengo que compartir con otros? Las cooperativas que han sobrevivido, como el Ceibo, es porque tienen como sustento todo un trabajo barrial vinculado a demandas de género y de vivienda, durante muchos años, antes de salir a la calle para prestar un servicio de recolección diferenciada.




TRANSPORTE : ERAN OCHO COCHES CON CUATRO SERVICIOS DIARIOS QUE UNIAN ONCE Y MORENO, IDA Y VUELTA

Dejó de circular el tren blanco de los cartoneros del Sarmiento


La empresa TBA sacó el miércoles las formaciones de circulación. Ahora los cartoneros van en trenes comunes y los carros son llevados en camiones. En el Mitre negocian para implementar el mismo sistema.
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La carga de los carros, anoche en un camión cerca de la estación Once. El sistema comenzó a implementarse el miércoles por la noche. Cada carro lleva un número. El mismo se le entrega al cartonero para que retire la mercadería en el destino. Los camiones tienen salidas en varias estaciones y recorren una ruta paralela al tren, principalmente por avenida Rivadavia.

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Fue en un tren del Sarmiento que nació con la crisis de 2001. El tren blanco iba de Once a Moreno, ida y vuelta, con el único objetivo de trasladar a familias preocupadas por conseguir cartón, plástico o cualquier material en desuso que pudiera venderse. Pero desde el miércoles, Trenes de Buenos Aires (TBA) lo sacó de circulación para reemplazarlo por camiones. En esos transportes los cartoneros subirán sus carros y luego, tomarán el tren como cualquier pasajero. Luego, en destino, se reencontrarán con la carga recolectada durante la jornada.

¿La razón? TBA necesita esos coches porque el plan de reconversión impulsado por el Gobierno nacional obliga a la empresa a sumar formaciones. "No hay más material rodante, ni siquiera en desuso. Por eso, decidimos suspender el servicio del tren de los cartoneros para que esos coches entren a la fábrica para ser remodelados", explicó Gustavo Gago, vocero de TBA. "Además, eran vagones muy peligrosos e inseguros para los que viajaban, debido a que llevaban material altamente inflamable", agregó.

El tren blanco contaba con ocho coches y operaba cuatro servicios diarios. Según la empresa, 160 cartoneros por día usaban el tren para entrar y salir de la Ciudad. Ahora, a cada uno de esos cartoneros -deberán abonar $ 18 por mes- se le dará un número que también se le asignará a su carro. "Cuando se bajen tendrán que ir a buscar sus carros al camión, que cuenta con una rampa -dos tablones- para facilitar la descarga", amplió Gago. Y agregó que "los transportes irán por una ruta paralela al tren y si por algún motivo el tren se demora, el camión tendrá que esperar". Los camiones acompañarán a los trenes que salen a las 14 y 18 de Moreno y a las 22 y a la 1 de Once. Estas formaciones estarán custodiados por personal de Gendarmería y Policía.

Virginia Pimentel, presidenta del Movimiento Nacional de Trabajadores, Cartoneros, Recicladores y Organizaciones Sociales que coordina a los cartoneros de la zona Oeste, comentó que "algunos trabajadores estuvieron de acuerdo con está nueva metodología de traslado". Sin embargo, aclaró que están abiertos al diálogo para que el tren blanco siga funcionando: "La reunión en la Defensoría del Pueblo de la Nación fue positiva pero aún no se definió la continuidad del servicio. Estamos en lucha porque esto no es un capricho, es una realidad que responde a la situación del país", sostuvo Pimentel.

Mientras este cambio se implementaba, en la línea Sarmiento y en el ramal que va desde Haedo hasta Temperley (la "chanchita"), los cartoneros que usan la línea Mitre desconocían la propuesta. Desde la Cooperativa de Cartoneros informaron que TBA no se puso en contacto con ellos: "El tren blanco es un derecho que nos costó mucho conseguir y nos permite trabajar todos los días. Cualquier medida que se tome y que no tenga el consenso de los cartoneros, la vamos a rechazar", aseguraron. Según Gago, en esa línea que une Retiro con Tigre y Bartolomé Mitre, no se aplicará el cambio hasta que los cartoneros lo acepten.

"Ese tren nunca tendría que haber existido. Se puso para responder a una problemática social momentánea de la que nadie se quiere hacer cargo", disparó Gago e indicó que la implementación de este plan le cuesta a la empresa $ 330 mil por mes.

Informe: Victoria De Masi
http://www.clarin.com/diario/2007/07/06/laciudad/h-04201.htm