viernes, 13 de junio de 2008

Beatriz Sarlo


La mugre en el ojo ajeno por Beatriz Sarlo

En general, las ciudades que no están sucias son también las ciudades donde hay menos gente pobre que se gana la vida con lo que encuentra por la calle. Esto es una regla. Los pobres siempre están en los lugares más sucios: en las villas miseria donde no hay cloacas ni agua corriente, debajo de las autopistas, en casillas con paredes de cartón que más que protectoras son simbólicas, revolviendo la basura para ver si encuentran comida, o cartoneando. En consecuencia, como en Buenos Aires los vecinos no clasifican sus desechos y no hubo gobierno decidido a obligarlos, las veredas quedan como si hubiera pasado un batallón de zapadores. Muchos pobres duermen en los zaguanes y no se esmeran para convertirlos en un espacio de design, sino en un amontonamiento de objetos rotos que sólo tienen utilidad para ellos.

Cuando revuelven la basura, tiran todo lo que no les sirve a la vereda porque la ciudad es un reservorio de restos y no la urbe reluciente de las fantasías (razonables) de los otros vecinos. Nunca vi a nadie revolviendo la basura en Berlín y tampoco hay basura en sus veredas. Por otra parte, el escándalo que produce alguien tirando una lata de cerveza por la ventanilla de un tren en marcha, obliga a fijar la vista en esos trenes, los del Sarmiento por ejemplo, que son carcasas de material percudido y vidrios rotos donde es difícil que nadie se sienta tentado a practicar las reglas que la urbanidad establece para deshacerse de la lata que se ha terminado de beber mientras se sostiene, con el cuerpo, las puertas abiertas de un vagón repleto donde falta el aire, pese a que también faltan selectas ventanillas y los asientos están tajeados porque, en un círculo que nadie interrumpe, es difícil que alguien cuide un vagón calamitoso. La ciudad es, entre otras cosas, un artefacto pedagógico.

Si lo que muchos aprenden para sobrevivir en ella son las habilidades del cirujeo, no parece probable que éstas se practiquen acompañadas por un cuidado meticuloso por la limpieza de los espacios comunes, como si los que cirujean en Buenos Aires fueran pobres vocacionales que han elegido comer de la basura o cartonear para pasar más tiempo al aire libre. Si los argentinos nos hemos acostumbrado a vivir con tantos pobres, deberíamos acostumbrarnos a pensar que, así como los ricos construyen piletas en sus countries y las capas medias pagan las expensas de los departamentos, los pobres no tienen nada que construir ni ningún recurso que ahorrar; ningún entorno urbano les parece más importante que aquel donde pueden recoger la mayor cantidad de materia para su supervivencia. Si dan asco las veredas cubiertas de basura producida por el "reciclaje" cartonero tendríamos que pensar que a los cartoneros tampoco les fascina, como única salida laboral (un destino final más que una "salida") revolver la basura que producimos, ni mandar a sus chicos a pedir ropa vieja mientras ellos destrozan las bolsas de los consorcios.

Por supuesto, faltan procesadoras de esos residuos, plantas de acopiamiento, etc., etc. Pero lo que falta, en primer lugar, son condiciones sociales que no impulsen a la gente a vivir al lado de la vía para estar más cerca de la basura que debe transportar, sin que se la roben otros pobres. Si miles de personas viven de la basura e instruyen a sus hijos para que puedan seguir con ese oficio de subsistencia, no es sensato fantasear que la ciudad donde se desarrollan sus vidas sea impoluta. ¿Alguien vio alguna vez una villa miseria impoluta, decorada como un jardín para excluidos? Un papel de chocolate tirado al suelo por un adolescente a la salida de un colegio secundario es una marca de suciedad mucho más intolerable que las bolsas de basura destrozadas sobre las veredas nocturnas. No hay razones para que ese papel esté en el suelo.

Todo indica, en cambio, que las veredas nocturnas donde han trabajado las familias de cartoneros quedarán inevitablemente cubiertas de desechos. Nadie les paga a los cartoneros para que barran la vereda que ensucian, nadie puede exigir de ellos una disciplina urbana que está en contradicción con los lugares horribles donde comen y duermen y crían a sus hijos, y se enferman. A veces veo a una chica que avanza, por el carril de los colectivos, como una audaz o una suicida, arrastrando esos artefactos cúbicos construidos con arpillera sintética y seis caños.

La chica lleva una pollera hasta debajo de las rodillas y una remera arriba de la cintura; tiene el cuerpo de una gimnasta y va descalza, elegante, con la espalda arqueada hacia atrás por el esfuerzo. Trabaja como bestia de carga, lo que se llama "tracción a sangre". Algunos cartoneros que se reúnen en la barrera, han ocupado una parte de la vereda con colchones viejos; otros duermen junto a su atado. Frente a ellos, hay algo de inmoral en el lamento sobre la limpieza de la ciudad. Algunos cartonean desde hace diez años, otros desde el comienzo de este siglo. Son prueba de una escena social a la que no ha llegado todavía el derrame de la nueva abundancia, excepto en la cantidad de basura que esa abundancia ofrece siempre a sus miserables.





Niños trabajando, por Beatriz Sarlo

Un chico de diez años se concentra en sus tareas de cartonero. Su desgarradora actitud, la de un adulto en miniatura, remite a imágenes de hace más de un siglo...



Por Beatriz Sarlo.
bsarlo@viva.clarin.com.ar







El chico estaba parado en la vereda, junto a una pila de cartones y miró fijo a quien, saliendo de la casa, pensó que le pedía una limosna. Recibió cinco pesos, suma ínfima aunque suficiente para dos panchos, una bebida y un alfajor. El chico no se movió; aparentemente sin darle importancia, guardó el billete en el bolsillo, y con una voz castigada pero segura preguntó:
“¿Tenés cartones?” La limosna recibida no había roto la concentración en su trabajo. Tendría alrededor de diez años y muchos problemas, pero no el de una atención fluctuante. No había cerca ningún familiar que lo controlara. El chico estaba autocontrolado, como un obrero que sabe que debe responder a un ritmo y a una tasa de producción incluso cuando el capataz no está cerca, porque su trabajo es juzgado según el
promedio de producto final exigible. En este caso, el producto final de su actividad es el primero del circuito de reciclado: cartones. Buenos Aires no recicla basura, como lo hacen las ciudades que piensan en el futuro, pero les entrega a los cartoneros la gestión nocturna de los papeles y este chico ocupaba su lugar sin distracciones.
A diferencia de los chicos que están completamente fuera del mundo, tirados en los andenes o en los umbrales o en los halls de las estaciones, semidormidos, semidrogados, apabullados por el hambre o por un entorpecimiento general del cuerpo que ya ha recibido más castigo del soportable; a diferencia de los chicos que corren por los vagones de los trenes y mantienen conversaciones con los guardas que los conocen; a diferencia de esos chicos que no participan en el circuito del subtrabajo, el pibe que recibió los cinco pesos estaba absorbido por la tarea. Admitía, como cualquier trabajador, que no era momento para festejar la recepción de esos cinco pesos inesperados; tampoco podía dejar el paquete de cartones y caminar hasta un negocio de panchos o de empanadas, como si fuera dueño de su tiempo y pudiera entregarse a la realización de sus deseos inmediatos. Es difícil saber de qué modo los cinco pesos extra se sumarían a lo recaudado esa noche por la venta de cartones: si pasarían a formar parte de un dinero privado del chico, o si ingresarían a la recaudación familiar o grupal.
Lo que estaba claro es que el chico siguió con lo suyo, defraudado porque alguien que parecía bien dispuesto, como la persona que le dio el billete, no tenía un suplemento de cartones que, en ese momento, eran más interesantes o le hubieran ayudado a alcanzar una cuota inesperada en su acopio de desechos reciclables. La inmediatez con que un chico de diez años realiza sus deseos cuando no es cartonero, el carácter imperativo con que los manifiesta cuando pertenece a una familia que no recoge basura para venderla al peso, son rasgos de un estilo que este chico desconocía o, por lo menos, se mostraba decidido a posponer como si fuera una miniatura de adulto, alguien que había madurado por la presión de la necesidad. ¿Cómo piensa un chico de diez años cuando trabaja?
Esa pregunta no era extravagante hace más de un siglo: fotografías conmovedoras muestran chicas hilanderas que accionan telares con bobinas más largas que sus cuerpos, y vagones cargados de chicos tiznados de carbón, a la salida de las minas, con cascos desmesurados para su estatura, cascos casi más anchos que sus hombros: figuras pequeñas horriblemente disfrazadas de obreros, mutantes achaparrados y enclenques, ojos ensombrecidos por la tuberculosis, sonrisas absortas y desvaídas, delantales harapientos y gorras estropeadas. Son impresionantes esas fotos. Hoy encontramos réplicas como esas en la puerta de un edificio de departamentos en cualquier barrio de la ciudad.
Pero volviendo al chico que recibió el billete. Fue muy evidente la ausencia de agradecimiento. Ni siquiera ese mecánico agradecimiento inarticulado que pronuncian los repartidores de estampitas o calcomanías. Nada, ni un palabra, como si el billete fuera un objeto extemporáneo, algo inesperado que no figuraba dentro del elenco de transacciones posibles porque estaba en horario de trabajo.

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